por Monroe el Dom Ene 28, 2007 11:06 pm
Como sabéis, yo no dibujo. Así que ahi queda esto.
El sonido de la lluvia al golpear el cristal, incluso en su suavidad, atronaba en el silencio austero del desvencijado despacho. La puerta se abrió con un chirrido, y los pasos sobre el parqué de baja calidad no fueron lo bastante cuidadosos para no alertar a Monroe. Sin embargo, apenas se movió de su posición. Permaneció sentado de espaldas a la puerta, dejando que el respaldo del sillón y la mesa que había tras él se interpusieran entre su visitante y sus cavilaciones. Sin bajar los pies de la caja de cartón, que exhibía con el vacilante trazo de un niño las palabras "Comis de Espíderman", tomó el bourbon que tenía a la derecha e hizo tintinear el hielo en su interior.
- Te estaba esperando - dijo.
Una risa breve, nasal, cargada de sarcasmo, sirvió a Morán como introducción.
- Siempre dices eso - respondió - En realidad ni siquiera sabes quien entra hasta que te responde, ¿verdad?
Monroe bebió un sorbo de su copa.
- Supongo que te quedarás con la duda - dijo, tras una breve pausa.
- Es un truco muy viejo - insistió Morán - Lo aprendiste de Horatio.
Monroe no apartó la mirada del tragaluz, de las gotas de agua, de los pasos apresurados de los peatones.
- Te estás cargando la atmósfera - dijo simplemente.
- No, en serio. Confiésalo.
Con un suspiro, Monroe hizo girar finalmente el sillón y encaró al joven.
- ¿Qué noticias traes? - preguntó.
- No me cambies de tema.
- Ya vale, joder.
- Finges que me estabas esperando.
- Morán.
- Pero no es cierto.
- Morán.
- Te pasas el día ahí sentado, de espaldas, con las piernas dormidas y tirando el Jack Daniels cada hora y cuarto, esperando a que alguien abra la puerta y...
- ¡¡Vale!! ¡¡Si!! ¿Estás contento?
- Si.
El recién llegado se sentó frente a la mesa. Soltó unos papeles sobre ella con un gesto de cansancio.
- Esto es lo más reciente - dijo - Cuentan con su propio escuadrón de mujeres gato, y me he visto forzado a entregarles una enorme pelota con gorra.
Monroe suspiró y dejó a un lado la copa. Tomó los informes del agente y los revisó por encima, casi nerviosamente.
- ¿Y qué hay de ese sicario suyo? - preguntó.
- ¿Defriki? - ahora fue Morán el que exhaló un largo suspiro - Ya has oído los rumores. Es decidido y letal. No se le puede detener - hizo una pausa - Pero eso no es todo. Al parecer ya ha llamado a su compañera.
Monroe se frotó los ojos con la mano libre.
- La Conejito's Slayer - adivinó. Su interlocutor se limitó a asentir - Si ella viene, todo estará perdido.
- ¿Pensando en la deserción? - el tono de Morán era difícil de definir. ¿Había sido una broma? Monroe negó con la cabeza.
- Ya sabes que no. Daría mi vida por la causa. Por Zirta. Y sobre todo... por las tetas.
Morán rió levemente.
- Por las tetas - repitió, levantándose de su asiento - Debo volver pronto, o empezarán a sospechar.
- Bien - Monroe se levantó con cortesía - Pasaré esto a los de arriba. Lástima no ser más que una marioneta, ¿eh? Ambos sabemos lo duro que es.
Morán se detuvo a medio camino de la puerta y giró sobre sí mismo, con gesto asombrado. De nuevo, el suave sonido de la lluvia.
- ¿Marioneta? - preguntó - Que va, yo estoy enterado de todo el plan. ¿Tú no?
- Err...
- Pero si se lo han contado a todos. A Draug, al Listo, y hasta al mono del hijo de Marcos.
- No fastidies.
- Si. Ayer pedimos pizza, y se lo contaron también al repartidor.
- Mierda.
- No me digas que tu no...
- No.
- Anda. Pensaba que sí.
- Pues no.
El silencio se prolongó unos segundos. A ambos les parecieron minutos. Minutos largos.
- Por cierto - dijo Morán, dirigiéndose de nuevo a la puerta - Ese amigo tuyo... el dibujante.
- ¿Sí?
- Está con ellos. Ya sabes lo que hay que hacer.
- Yo que voy a saber. A lo mejor deberías pedírselo al mono del hijo de Marcos.
- Oh, Mon, no me jodas.
- ¡¡Uouououo!! ¡¡O mejor al repartidor de pizza!!
Morán observó impertérrito durante unos segundos como Monroe hacía algo que llamaba el Baile de Nadie Cuenta Conmigo. Luego abrió la puerta.
- Deshazte de él - dijo, antes de salir - o lo hará Draug.
Cuando cerró la puerta tras de sí, Monroe se apoyó sobre la mesa, tratando de pensar. Con un suspiro, se sentó de nuevo, giró la silla, dejó el bourbon a su derecha y cruzó los pies sobre la caja de Comis de Espíderman.
Estuvo observando la lluvia golpear el tragaluz durante unos diez minutos más, hasta que la puerta chirrió a su espalda y unos pasos sonaron sobre el parqué de mala calidad.
- Te estaba esperando - dijo.
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